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4 de septiembre de 2012

Estamos solos, somos miserables e inventar un millón de excusas no hará que las cosas mejoren.

5 de mayo de 2012

"Y en ese espacio entre el discurso y la acción, palabra tras palabra, comienza a abrirse una grieta. Contemplar ese vacío, aunque sólo sea un instante, produce una sensación de vértigo, como si uno cayera en el abismo." Paul Auster, La Invención de la Soledad

24 de abril de 2012

Tendré que callar, seguir en silencio. Tendré que ocultar aquello que es capaz de destrozar al otro. Sombras se esconden en mi pecho, ladridos imaginarios de un perro desollado. En mi centro universal la realidad converge, las mentiras se esconden en lo profundo de mi ombligo, entre la mugre y el vello, en la carne opaca del vientre. Busca aquello que se parece a ti, amor mío, búscalo y te percatarás de mi ausencia.

9 de abril de 2012

Acabo de llegar a la ciudad. No fuí a mi primer examen. Pienso en las inmensas ganas que tengo de aventarme a un precipicio.

28 de febrero de 2012

Punto.

No puedo dormir, no puedo vivir. Nunca me capacitaron para la muerte.
Íbamos manejando por una carretera, aparentemente, infinita. Decidieron que éramos demasiados en el coche y me hicieron bajar. Estaba cansada, no parecía apto mi cuerpo para la parte dolosa de la calle. Esa parte era, aparentemente, infinita, como el camino, como el cansancio, como la idea de morir.

24 de febrero de 2012

No estoy ebria.

20 de octubre de 2011

Abrí la puerta. Todo se encontraba tal y como lo había dejado antes de salir: el televisor encendido, la suciedad del piso que llevaba semanas sin barrer, las manchas de grasa en la cocina, los platos sucios en el lavabo, el basurero lleno de moscas, el refrigerador expulsando un extraño fluido viscoso, carne pudriéndose en un sartén, las paredes mohosas y todas esas cosas desagradables que se ven cuando uno vive solo y es desinteresado. Aventé la mochila y me dirigí al baño. Llevaba días sin defecar. Sentía que no podía más con tanta presión en el abdomen. Gotas de sudor resbalaron por mi rostro debido al esfuerzo. Un ardor punzante en el culo y el hediondo olor a mierda indicaron que mi tan esperado alivio había llegado. Salí del baño dejando la puerta abierta para que el olor saliera. Mala idea. Se esparció por todo el departamento. No me lavé las manos, me pareció innecesario. Decidí entrar a mi habitación a dormir un rato. Estaba cansado de la larga jornada de trabajo, de soportar al típico jefe intolerante y a los compañeros simplones, de fingir ante los clientes que lo que hago es interesante y blablablá.

Abrí la puerta. Nada se encontraba como lo había dejado, todos los objetos se estaban en lugares diferentes; todo parecía nuevo, recién comprado, incluso tenía ese olor característico, todo se veía limpio, la loseta, las paredes, como en esos comerciales de Fabuloso donde la casa está reluciente y los habitantes bailan de felicidad. Yo no bailé de felicidad. No entendía lo que sucedía; por último miré la cama. Había en ella un individuo sentado, unos 27 años, estatura media, cabello negro rizado, ojos color… ojos… El tipo no tenía ojos, sólo un espacio vacío, dos agujeros negros, sonreía… Sonreía y sentí como si clavara la ausencia de su mirada en mí; quisiera decir que un escalofrío me recorrió pero no sentí nada más que curiosidad. Quería meter mis dedos en sus cuencas oculares, quería tocar su rostro que, por alguna razón, se parecía tanto al mío. Usaba la misma ropa que yo, sólo que la suya se veía recién lavada y planchada. Parecía salido de una fotografía de esas que vienen en los portarretratos. Pobre tipo, pensé, si yo me viera así no sonreiría tanto. Me acerqué a él lentamente, temía alterar la perfecta estabilidad de la habitación. Él seguía mis movimientos con su cabeza, como si fuese capaz de observarme. Me senté a su lado, las yemas de mis dedos rozaron su (mi) rostro y, como si tuviera pintura en ellos, quedaron marcadas mis huellas dactilares en su mejilla. Él no reaccionó. Estaba impávido. Seguí tocándolo hasta que su rostro se convirtió en una extensión del vacío de sus ojos. Aún sonreía. Era imposible modificar esa mueca irónica, se burlaba de mí. Un extraño impulso me llevó a abrazarlo. Lo abracé tan fuerte que su ropa quedó arrugada. Lo recosté en la cama y me acomodé a su lado. Perdido estaba en cavilaciones acerca del origen del extraño individuo tan parecido a mí al que ahora me aferraba de manera violenta cuando escuché ruidos en la cocina, alguien había entrado y se dirigía a mi habitación.